Frieda

Luego se sobresaltó, porque K. seguía perdido en sus pensamientos, y comenzó a tirar de él como un niño: “Ven, aquí abajo se asfixia una”. Se abrazaron y su pequeño cuerpo ardía entre las manos de K.; con un desmayo del que K. quería librarse continua pero inútilmente, rodaron unos pasos, tropezaron torpemente contra la puerta de Klamm y se quedaron luego inmóviles en medio de los charquitos de cerveza y el resto de la basura que cubría el suelo. Allí pasaron horas, horas de respiración simultánea, de simultáneos latidos de corazón, horas en las que K. tenía la sensación de extraviarse o de estar tan lejos en tierra extraña como nadie había estado antes que él…, en la que tenía que asfixiarse por ser extraño y en cuyos insensaos atractivos no se podía hacer más que seguir adelante, seguir extraviándose…

[...]

Ella buscaba algo y él buscaba algo, furiosamente, haciendo muecas, hundiendo cada uno el rostro en el pecho del otro, y sus abrazos y sus cuerpos que se alzaban no les hacían olvidar sino que les recordaban ese deber de buscar; como escarban los perros desesperados en el suelo, así escarbaban ellos en sus cuerpos y, desvalidos y decepcionados, buscando una última felicidad, recorrieron varias veces con la lengua el rostro del otro. Sólo el cansancio los dejó tranquilos y mutuamente agradecidos. Las muchachas subieron entonces. “Mira cómo están ahí rendidos”, dijo una de ellas y, por compasión, echó sobre ellos una sábana.

Franz Kafka, El Castillo